EL NIÑO QUE ERA AMIGO DEL DEMONIO. Ana María Matute.

yin yang

Todo el mundo, en el colegio, en la casa, en la calle, le decía cosas crueles y feas del demonio, y él le vio en el infierno de su libro de doctrina, lleno de fuego, con cuernos y rabo ardiendo, con cara triste y solitaria, sentado en la caldera.

“Pobre demonio -pensó-, es como los judíos, que todo el mundo les echa de su tierra”. Y, desde entonces, todas las noches decía: “Guapo, hermoso, amigo mío” al demonio. La madre, que le oyó, se santiguó y encendió la luz: “Ah, niño tonto, ¿tú no sabes quién es el demonio?”. “Sí -dijo él-: sí: el demonio tienta a los malos, a los crueles. Pero yo, como soy amigo suyo, seré bueno siempre, y me dejará ir tranquilo al cielo”.

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MÚSICA. Ana María Matute

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                                                                                      El piano. Picasso.

Las dos hijas del Gran Compositor -seis y siete años- estaban acostumbradas al silencio. En la casa no debía oírse ni un ruido, porque papá trabajaba. Andaban de puntillas, en zapatillas, y sólo a ráfagas, el silencio se rompía con las notas del piano de papá.
Y otra vez silencio.
Un día, la puerta del estudio quedó mal cerrada, y la más pequeña de las niñas se acercó sigilosamente a la rendija; pudo ver cómo papá, a ratos, se inclinaba sobre un papel, y anotaba algo.
La niña más pequeña corrió entonces en busca de su hermana mayor. Y gritó, gritó por primera vez en tanto silencio:
-¡La música de papá, no te la creas…! ¡Se la inventa!

LOS RELOJES. Ana María Matute.

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Me avergüenza confesar que hasta hace muy poco no he comprendido el reloj.  No me refiero a su engranaje interior- ni la radio, ni el teléfono,ni los discos de gramófono los comprendo aún: para mí son magia pura por más que me los expliquen innumerables veces-, si no a la cifra resultante de la posición de sus agujas. Estas han sido para mí uno de los mayores y más fascinantes misterios, y aún me atrevo a decir que lo son en muchas ocasiones. si me preguntan de improviso que hora es y debo mirar un reloj rapidamente, creo que en muy contadas ocasiones responderé con acierto. Sin embargo, si algo deseo de verdad, es tener un reloj. Nunca en mi vida lo he tenido. De niña nunca lo pedí, porque siempre lo consideré, algo fuera de mi alcance, más alla de mi comprensión y de mi ciencia. Me gustaban, eso sí. Recuerdo un reloj alto, de carrillón, que daba las horas lentamente, precedidas de una tonada popular:

Ya de van los pastores a la Expremadura.

Ya se queda la sierra triste y oscura…

También me gustaba un reloj de sol, pintado en la fachada de una iglesia, en el campo. Este reloj me parecía tan cabalístico y extraño que, a veces, tumbada bajo los chopos, junto al rio, pasaba horas mirando como la sombra de la barrita de hierro indicaba el paso del tiempo. Esto me angustiaba y me hundía, a la vez, en una infinita pereza.

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