Cuento hindú. Anónimo.

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 Foto: Scott Stulberg.

Un brahmán, que vivía en un bosque, marchó a la ciudad inmediata con propósito de comprar una cabra que había de matar para utilizar sus carnes como alimento. Hizo su compra, y cuando regresaba, fue visto por tres ladrones, quienes decidieron robarle la cabra.
Para realizar su proyecto, adelantáronse en el camino y se colocaron sentados al pie de tres árboles, situados a alguna distancia.
Al pasar por donde se hallaba el primero, le dijo éste al brahmán:
-¿Por qué lleváis un perro, maestro? -al mismo tiempo que simulaba una gran sorpresa-. ¿No sabéis que el perro es un animal sucio para los brahmanes?
-Esto no es un perro -contestó indignado el brahmán-, es una cabra.
Siguió su camino y a poco le repitió la pregunta el segundo de los ladrones. Entonces, el brahmán dejó en el suelo la cabra, y después de mirarla bien, volvió a colocársela en la espalda y contestó que era una cabra. Dicho lo cual prosiguió su camino.
Pero al oír a poco la misma pregunta hecha por el tercero de los malhechores, el brahmán dudó otra vez, llegando hasta a no creer en lo que tenía ante sus ojos; así es que arrojó su carga, corrió a lavarse las partes del cuerpo rozadas por el supuesto perro, y llegó en tal estado de azotamiento a su casa.
Los ladrones se apoderaron al punto de la cabra, que asaron y se comieron tranquilamente, riéndose del brahmán.

EL BIGOTE DEL TIGRE. Anónimo Coreano.

Escher.

Una mujer joven llamada Yun Ok fue un día a la casa de un ermitaño de la montaña en busca de ayuda.

El ermitaño era un sabio de gran renombre, hacedor de ensalmos y pociones mágicas.

Cuando Yun Ok entró en su casa, el ermitaño, sin levantar los ojos de la chimenea que estaba mirando, dijo:

-¿Por qué viniste?

Yun Ok respondió:

-Oh, Sabio Famoso, ¡estoy desesperada! ¡Hazme una poción!

-Sí, sí, ¡hazme una poción! -exclamó el ermitaño-. ¡Todos necesitan pociones! ¿Podemos curar un mundo enfermo con una poción?

-Maestro -insistió Yun Ok-, si no me ayudas, estaré verdaderamente perdida.

-Bueno, ¿cuál es tu problema? -dijo el ermitaño, resignado por fin a escucharla.

-Se trata de mi marido -comenzó Yun Ok-. Tengo un gran amor por él. Durante los últimos tres años ha estado peleando en la guerra. Ahora que ha vuelto, casi no me habla, a mí ni a nadie. Si yo hablo, no parece oír. Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación. A veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo sentado ociosamente en la cima de la montaña, mirando hacia el mar.

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HISTORIA DEL JOVEN CELOSO. Henri Pierre Cami.

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Había una vez un joven que estaba muy celoso de una muchacha bastante voluble.

Un día le dijo:

-Tus ojos miran a todo el mundo.

Entonces, le arrancó los ojos.

Después le dijo:

-Con tus manos puedes hacer gestos de invitación.

Y le cortó las manos.

“Todavía puede hablar con otros”, pensó. Y le extirpó la lengua.

Luego, para impedirle sonreír a los eventuales admiradores, le arrancó todos los dientes.

Por último, le cortó las piernas. “De este modo -se dijo- estaré más tranquilo”.

Solamente entonces pudo dejar sin vigilancia a la joven muchacha que amaba. “Ella es fea -pensaba-, pero al menos será mía hasta la muerte”.

Un día volvió a la casa y no encontró a la muchacha: había desaparecido, raptada por un exhibidor de fenómenos.

EL ESPEJO DEL COFRE. Anónimo chino.

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Foto: Aitor Rosás.

A la vuelta de un viaje de negocios, un hombre compró en la ciudad un espejo. No sabía lo que era, hasta entonces nunca había visto uno. Precisamente esa ignorancia le hizo sentir atracción hacia ese espejo.  Creyó reconocer en él la cara de su padre. Maravillado lo compró y, sin decir nada a su mujer, lo guardó en un cofre que tenían en el desván de la casa. De tanto en tanto, cuando se sentía triste y solitario, iba a “ver a su padre”. Pero su esposa lo encontraba muy afectado cada vez que lo veía volver del desván. Así que un día se dedicó a espiarlo y comprobó que había algo en el cofre, que se quedaba mucho tiempo mirando dentro de él. Cuando el marido se fue a trabajar, la mujer abrió el cofre y vió en él a una mujer cuyos rasgos le resultaban familiares pero no lograba saber de quién se trataba. De ahí surgió una gran pelea matrimonial, pues la esposa decía que dentro del cofre había una mujer, y el marido aseguraba que quien estaba era su padre. En ese momento pasó por allá un monje  muy venerado por la comunidad, y al verlos discutir quiso ayudarlos a poner paz en su hogar. Los esposos le explicaron el dilema y lo invitaron a subir al desván y mirar dentro del cofre. Así lo hizo el monje y, ante la sorpresa del matrimonio, este les aseguró que en el fondo del cofre quien realmente reposaba era un monje zen.

El pescador y la botella mágica. Cuento Sufí.

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Un pescador encontró entre sus redes una botella de cobre con el tapón de plomo. Parecía muy antigua. Al abrirla salió de repente un genio maravilloso que una vez liberado le dijo al pescado:

-Te concedo tres Un deseos por haberme sacado de mi encierro. ¿Cuál es tu primer deseo?

-Me gustaría que me hicieras lo bastante inteligente y claro como para hacer una elección perfecta de los otros dos deseos -dijo el pescador.

-Hecho -dijo el genio-, y ahora, ¿cuáles son tus otros dos deseos?

El pescador reflexionó un momento y dijo:

-Muchas gracias, no tengo más deseos.